Olía a muerte en mi Tlatelolco

Tlatelolco

Esa plaza, ese edificio Chihuahua, esa noche y mi niñez que no entendía por qué, por qué… Cuando me dejaron salir del departamento otra vez, ya habían pasado varios días pero todo se veía diferente, olía distinto. Era una niña de 10 años capaz de cruzar calles sin ser atropellada y usar el elevador del edificio, podía salir a hacer compras y a jugar con los amigos de la Tercera Unidad, donde vivía con la familia de mi hermana, mayor que yo 21 años.

No me dejaron sacar la bicicleta, abajo de la Plaza de las Tres Culturas estaba aún el tanque de guerra, se veía imponente, fiero, como los que conocí viendo la serie bélica “Combate” cuando miraba tele con mi papá; era raro que estuviera ahí en pleno paso, y más extraño ver a los soldados con cara de metal. Me mandaron a comprar pan a la colonia Guerrero, porque aún no abría el expendio de la panadería “Acapulco”, que nos vendía a todos los de la unidad los bolillos y las “conchas” del desayuno y la merienda, en otro de los locales del tristemente célebre edificio.

Más tarde me volví a salir, me dieron permiso de “ir a dar la vuelta” bajo promesa de no tardarme más de media hora de tanto que insistí; cuando fui al mandado me habían dado ganas de recorrer mis sitios favoritos, no podía aguantar más, era como si los rincones de juego y refugio de mi Ciudad Tlatelolco necesitaran contarme algo.

Fue triste, yo había visto desde la ventana de la sala, vivíamos en el quinto piso, que caían las personas como en un juego alocado en el que todos corrían al mismo tiempo, parecido a una película muda pero con gritos y en Technicolor. La plaza estaba llena de “manifestantes”, así se les decía a los estudiantes que hacían mítines y marchaban, aunque nadie sabía por y para qué. Tampoco supe por qué puse una florecilla, de las que había tantas en los hermosos espacios ajardinados de la Unidad Nonoalco Tlatelolco, ejemplo de urbanización y arquitectura modernas, en cada uno de los manchones de sangre renegrida.

Fueron taaantos los charcos secos, había sangre; las manchas eran de sangre como la que me chorreó de la nariz por un pelotazo en plena cara, eso era lo que olía, eso era lo que había notado antes…y la sangre huele, la sangre duele, ¡olía a muerte!

Había manchas pequeñas, otras más grandes, de arrastrones, charcos, dedos pintados en las puertas de los departamentos, donde nunca les abrieron; coágulos gelatinosos en mis lugares cotidianos, en la plaza, en el atrio, en las escaleras y terrazas del Chihuahua, abajo del enorme edificio multifamiliar, en los locales comerciales que a diario les vendían artesanías a los turistas que iban a ver las “ruinas” prehispánicas; recuerdo claramente una enorme mancha en las losas blancas del atrio de la iglesia de Santiago Apóstol, y hoyos como de fusilamiento en los muros novohispanos del Convento Dominico, resanados después como para ocultar lo que ahí había pasado. Había sangre por todas, por todas, por todas partes…

¡Octubre de 1968, nunca se me olvida!

Marta Roa Limas

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